sábado, 17 de julio de 2010

A puerta cerrada


La nueva chica de administración subió al archivo a colocar las historias clínicas. Eran las dos y media de la tarde y casi todos los trabajadores del centro (psiquiatras, psicólogos, enfermeras y auxiliares) habían terminado de pasar consulta. Apenas llevaba dos o tres días en el centro de salud mental y no le disgustaba. Era un edificio de nueva construcción, muy moderno y limpio. Había menos trasiego de gente que en el centro de salud normal y se estaba fresquito a pesar de los treinta y pico grados que había en la calle.

La chica terminó de meter las carpetas amarillas en los cajones. Entonces se le ocurrió una idea traviesa. Cerró la puerta con el pie y sacó el contenido de una de ellas. Tenía muchísima curiosidad por saber qué tipo de cosas se anotaban allí. “Paciente de 32 años que acude a consulta con sintomatología alucinatoria simple y delirios no estructurados, sensación de angustia, ánimo decaído y brotes de auto y hetero agresividad”.

La chica sintió un escalofrío y guardó los papeles de nuevo en su carpeta. Había que estar loco para trabajar allí. Nunca mejor dicho.


Salió de la pequeña habitación de archivo y se dirigió a la puerta del estar de personal. Al intentar abrirla, se dio cuenta de que estaba cerrada con llave. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón para ver si la llevaba y recordó que no. Mierda, pensó. Alguien debe de haber subido al baño, no se ha dado cuenta de que yo estaba aquí y ha cerrado la puerta al salir.

Echó una ojeada alrededor. Había un par de ventanas, pero no se podían abrir, como las de los hospitales; imaginó que para evitar que los enfermos se tiraran. Pensó que alguien se daría cuenta de que no había bajado y subiría a abrirle y se sentó en el sofá del estar. A los dos minutos se levantó de nuevo, inquieta. Ella era nueva. Nadie la esperaba para desayunar ni para salir después. Se dijo que verían su bolso colgado en el perchero de administración. Pero ¿y si a nadie se le ocurría pensar que era el suyo? ¿Y si la gente no tenía interés por saber de quién era el bolso que iba a quedarse allí toda la tarde y lo único que querían era irse a sus casas a comer?

Sintió una punzada de angustia en el estómago y empezó a martillear la puerta con las manos. Después se puso a gritar

Alberto estaba sentado en la sala de espera, aguardando a que le atendiera la doctora Gálvez. Ya no quedaban más pacientes esperando, pero Alberto estaba acostumbrado. Llevaba años yendo a aquella consulta cada tres o cuatro meses. La doctora le reconocía desde lejos, “¡Hola, Alberto!” le decía amablemente, y después le pedía por favor que le disculpara un ratito que tenía pacientes que atender.

Él veía entrar al resto de la gente. Entraban, salían, entraban, salían, y con cada crujido de la puerta él escuchaba las voces que le decían: “cuando entres no vas a salir”, “¿vas a tirarte esta vez a la doctora?”, “eres un salido, un ser repugnante”. Ya no se tapaba los oídos ni les tenía tanto miedo. Aquellas voces asquerosas. Canturreaba y pensaba en la Virgen y en su madre. Y cuando la doctora le preguntaba si las seguía oyendo, él negaba con la cabeza y sonreía.

Por fin, la psiquiatra le hizo pasar.
- ¿Cómo estamos, Alberto? - le preguntó, con las manos bajo la barbilla.
- Bien, doctora, bien.
- ¿Qué tal la medicación?
- Bien también... un poco gordo, ¿no, doctora?
- Ya, Alberto, pero sabes que eso es por los efectos secundarios. ¿Estás comiendo bien?
- Sí, doctora, mucha ensalada. Ensalada, verdura... eso.
- Muy bien, Alberto, muy bien. Oye – la doctora cruzó los brazos y se acomodó en la silla -. ¿Y cómo van esas voces?

Alberto se quedó unos minutos callado. Normalmente decía que bien, bien, miraba hacia otra parte e ignoraba los gritos de las voces, que le decían “está con ellos, la muy zorra”, “¡tíratela ya, maricón!” y cosas por el estilo. Pero hoy había algo que tenía que contarle a la psiquiatra.
- Mis voces bien, bien, se han ido, casi siempre, creo... pero hay alguien en el piso de arriba, doctora. Da golpes, da golpes y grita: “¡Estoy aquí, estoy aquí!”. Pero esto es verdad, no son mis voces, doctora. A mis voces las conozco, estas son nuevas, se escuchan fuerte, como usted, ¿me entiende?

La doctora Gálvez enarcó las cejas y miró a Alberto detrás de la mesa. Observó su aspecto extraño de niño gigante e hinchado por los neurolépticos, con la expresión bovina que se les pone a los esquizofrénicos de larga duración. Parecía preocupado de verdad por aquellas voces nuevas.
- Alberto... - dijo, alargando la mano hacia su talonario de recetas -. Me parece muy bien que me hayas contado lo de estas nuevas voces.
- ¿Sí, doctora? ¿Van a sacar al que está ahí arriba encerrado?
- Claro, claro – la doctora Gálvez asintió con vigor -. Ahora subimos y le sacamos.

Alberto sonrió, satisfecho.
- Pero antes – dijo la doctora, haciendo salir con un clic la punta del bolígrafo – te vamos a subir un poquito el Risperdal.

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