viernes, 24 de junio de 2011

El revelado sentimental

Ayer fueron a tomar un café "como amigos". Él no entiende ni aprueba eso de ser amigos pero, como siempre, anda cuidando de los sueños de ella, y si el que tiene ahora es que pueden tomar café de forma inofensiva y agradable, como si nadie hubiera sufrido la apertura en canal de su corazón, ahí estará él, sentado fuerte y heroico como una estatua impasible. Alimentando su sueño de normalidad mientras mira embobado cómo ella le quita la mermelada a la galleta con la uña, cómo le sonríe dulcemente al camarero cuando le cambia el sobre de azúcar por uno de sacarina.


Hoy está sentado frente al ordenador, solo, reflexionando sobre algo que ella le dijo cuando hacía un rato que se habían terminado los cafés. Ya habían repasado todos los temas de conversación apropiados (el trabajo, los amigos comunes, la crisis) y evitado los inapropiados (¿te acuestas con otros? ¿te acuerdas de mí?). Entonces ella se quedó mirando un punto por detrás de él con la barbilla apoyada en la mano.
- Tú nunca estuviste enamorado de mí - dijo -. Yo te gustaba, sí, pero enamorado no creo que llegaras a estar.

Ahora él está sentado frente al ordenador, ya lo hemos dicho, repasando esa frase tan tajante y tan gratuita. No hay nadie tan inconscientemente dañino como una mujer que ya no te quiere. Él sabe lo que busca en el disco duro. Mis documentos, doble clic, mis imágenes, doble clic, excursión febrero, doble clic, y empieza a pasar rápido por las fotos: él conduciendo, autofoto de ella en el asiento del copiloto, ella atándose los cordones de las botas, los dos cogidos del brazo en un mirador mientras algún turista amable pulsa el botón.

Y encuentra la foto que buscaba. Es ella recogiéndose el pelo y mirando de reojo al objetivo. Tiene una media sonrisa en los labios, la típica media sonrisa desprevenida y encantada de cuando te hacen una foto por sorpresa. La luz que atraviesa los árboles que tiene detrás hace brillar con suavidad el vello de sus antebrazos desnudos. Destaca la silueta de las muñecas, muy finas y diestras y ensimismadas en la tarea de atarse el pelo, y se fija en que se le marcan con suavidad arruguitas pequeñas en torno a los ojos y alrededor de la boca. Él puede ver todos sus detalles resplandeciendo intensos y persistentes, y le gustaría que alguien le dijera si es así de verdad, si a cualquier observador le llama la atención cómo relucen sus dientes y los mechones de pelo que le enmarcan la cara, si es la luz oblicua de la mañana de febrero o si es él quien tiene un problema.

Adjunta la imagen a un correo electrónico y teclea de memoria la dirección de ella. Escribe en el asunto "Sí que lo estuve" y firma con su nombre en el cuerpo del mensaje. Y cuando está a punto de darle a enviar, aprieta los dientes, piensa "al carajo" y cierra de un golpe la pantalla del ordenador.

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