jueves, 18 de agosto de 2011

Coincidencia

Estaban haciendo la compra en el Mercadona. Por el amor de Dios, qué nerviosa la ponía él en el supermercado. Iba de un lado a otro sin rumbo fijo, agarrando los productos de los estantes a medida que se acordaba. Ella insistía en recorrer todos los pasillos desde el principio, incluso el de comida para los animales que no tenían. Al final acababan haciendo las dos rutas: él llamaba a la primera "la de aproximación", y a ella le sacaba de quicio. 

A veces, mientras compraban, se dividían por unos minutos y ella se acercaba a por compresas, por ejemplo, o él se daba una vuelta por la sección de vinos. Después se reencontraban dando vueltas entre las estanterías, y ella pensaba en lo extraño que era que de toda esa gente sólo le interesara él. Había algo consolador y desesperado en su figura acercándose a ella y en cómo sus ojos le miraban bajo el pelo. Le tendía las manos, a veces sosteniendo en ellas el vino o la mayonesa para someterlos a su veredicto, y ella lo aprobaba o le echaba la bronca por elegir siempre lo más barato y cutre, pero siempre estrechaba la mano libre y empezaba a andar con él en la misma dirección.

Llegaron a la caja registradora, mientras ella daba vueltas en la cabeza a la lista que nunca recordaban llevar y pensaba, como siempre, que si hicieran desde el principio un recorrido sistemático no se les olvidaría nada. Observó a las personas que les rodeaban. No sabía si sería el efecto de las luces halógenas, pero todos eran muy feos. Podía ver las arrugas, las manchas, los granos. La carne que sobraba sobre los músculos flácidos. El vello en el entrecejo y encima del labio superior.

Colocaron la compra en la cinta, pagaron, la guardaron en bolsas y salieron a la calle. Caminaron en silencio hacia el coche, él con las bolsas de más peso, ella con las más ligeras en una mano y el papel higiénico en la otra. Se pararon en el semáforo, dejaron las bolsas en el suelo y entonces él la miró y le dijo:
- Qué fea es la gente, ¿verdad?

Ella sonrió, conmovida por la coincidencia de esa momentánea percepción de lo feo. Pensó que quizá ése era el papel que él jugaba en su vida. Eres lo bonito. Eres la isla de belleza en la que puedo fijar mi vista mientras lo demás se desmorona.
- Es curioso - dijo -, porque mientras pagábamos he pensado exactamente lo mismo.

Le observó sonreír despacio bajo las pestañas espesas y le tocó suavemente la nariz con la mano. Y no le pudo dar un beso porque no le dio tiempo: el semáforo se había puesto en verde para los peatones, hacía calor bajo el sol y los dos tenían ganas de llegar al coche.


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